Una vida al ritmo de Sabina

Hay días vacíos de palabras en los que la vida cambia de color. Hay sueños que pasan de largo mientras pensamos en qué es la felicidad. Y a veces, demasiadas veces, olvidamos que en este camino no hay segundas oportunidades, que las cosas suceden sólo una vez y que en la vida real no hay forma de borrar las huellas del camino como si fuesen el garabato de un niño.


Una vida con canciones de Joaquín Sabina como única banda sonora. Donde uno sólo se arrepienta de las cosas que no hizo, consciente de que hay trenes que sólo pasan una vez por la estación. Porque hasta los huesos sólo calan los besos que no han dado, asegura el poeta. Donde mirar atrás sea sólo un doloroso ejercicio de nostalgia ante la magia perdida. Donde olvidar ya no sea una necesidad. Donde cada canción parezca escrita para mí. Donde aprender sea siempre el siguiente paso por dar. Donde las corazas dejen de tener sentido y dos miradas se crucen diciendo cosas que no alcanzan a explicar las palabras. Donde se musiten juramentos con el miedo dibujado en la expresión. Donde un camino grabado en la arena se convierta en símbolo de futuro. Donde las cosas vayan tan deprisa que a veces no puedan controlarse. Donde nadie llore al leer las tonterías que escriben los locos.

Hoyos que inspiran y temores que quedan aparcados a la espera de momentos peores. Ideas que se cruzan sin sentido. Páginas en blanco aún por escribir. Y Sabina, siempre las malditas letras de Sabina grabadas a fuego en la conciencia.


De muerte y de recuerdos

Llevo toda la semana sintiendo este texto en la punta de los dedos, sabiendo que una madrugada insomne como ésta vería por fin la luz esta historia de recuerdos y de muerte. Porque el sábado me desperté con la peor de las noticias posibles asomada a un teléfono: la muerte de un gran tipo, Enrique Higuero. Y desde entonces no he dejado de pensar en él y en la muerte. Desde entonces mi cerebro me ha regalado imágenes desordenadas en forma de recuerdos y reflexiones a modo de sentencias.


Hace algo más de diez años, un día de finales de abril de 2001, conocí a Enrique Higuero. Mentiría si dijera que recuerdo perfectamente aquel momento, o que se me quedaron grabadas las primeras palabras que me dijo al atravesar las puertas de aquella redacción en la que tanto aprendí. Pero sí tengo su rostro grabado a fuego en la memoria, su media sonrisa, esa que siempre sugería que sabía algo que tú ignorabas (lo que era cierto casi siempre), su silencio atento y observador en la distancia, su genio, su disposición para el trabajo y también para la batalla, fuese con quien fuese. Su risa franca, sus conversaciones en el café, su modestia nada falsa, sus ideas originales. Siempre pensé que era un tipo tan genial como cabezota (y era muy muy cabezota).

Dice un compañero que le conocía mejor que yo que tenía el don de administrar con inteligencia sus silencios, y es verdad. Pero cuando menos lo esperabas y tú más lo necesitabas siempre aparecía allí para decirte la palabra adecuada, ésa capaz de reconfortarte y animarte a seguir adelante. Era ese hombre capaz de preguntarte mirándote a los ojos lo que otros sólo trataban de adivinar, ese tipo que sin que tú lo notaras siempre te protegía y te ayudaba.


La noticia de la muerte de Ache me ha traído el recuerdo de unos tiempos felices, de unos grandes compañeros, de un lugar en el que aprendí casi todo de lo poco que sé de este extraño oficio, de un ambiente irrepetible, de una gente que merece mucho la pena y a la que por suerte no he perdido a pesar del paso de los años y, sobre todo, de las circunstancias. De un lugar plagado de maestros del periodismo y de la vida que ni siquiera eran conscientes de serlo (recuerdo a Ángel, a Diego, al propio Ache...) en el que el trabajo era algo más que una forma de vida.

En estos tiempos extraños echo de menos tener algo de fe, porque para mi desgracia creo que tras la muerte sólo hay vacío y oscuridad... nada al fin y al cabo. Y por eso siento que nunca tendré la oportunidad de volver a sentarme con Ache, de echar un café con él, de escuchar su risa y sus consejos siempre pedidos, de soñar juntos con que las cosas pueden ser diferentes.

Sé que en estos tiempos de vértigo y de cambio una charla con él me hubiese reconfortado especialmente, pero por desgracia esa puta que es la muerte se lo ha llevado mucho antes de tiempo. Demasiado pronto. Porque siempre es demasiado pronto en el caso de tipos como él. Porque de Ache la gente hablaba bien incluso antes de que se muriera. Porque era un gran tipo. Una de esas pocas personas a las que merece la pena conocer. Tanto que su marcha nos dejará en herencia una reunión de ésas que parecen imposibles y en las que podremos brindar por él una última vez. Perdón por la tristeza.