En la muerte no hay poesía



En la muerte no hay poesía. Ni belleza. Ni bellas palabras de despedida. Sólo una prosa áspera. Dura. Llena de vacío y de silencio.

En la muerte no hay épica. No hay rastro de heroísmo ni ejemplos a seguir. Sólo instinto de supervivencia que nos obliga a agarrarnos a la luz, a la vida.

En la muerte no hay esperanza. No hay sueños ni paraísos esperándonos. Sólo oscuridad. Oscuridad, vacío y silencio.





La muerte no dialoga. No negocia. Es una puta que te ataca por la espalda.

La muerte nunca llega en buen momento.  No espera ni avisa. Simplemente, baja la persiana.

La muerte no nos hace mejores. Ni peores tampoco. No nos condena al olvido, pero tampoco nos garantiza ser recordados eternamente. No nos hace más queridos para siempre, ni tampoco más odiados. Eso nos lo ganamos en vida.

La muerte.

Una silla vacía. Mil preguntas sin respuesta. Una partida de cartas incompleta. Una conversación a medias.

Oscuridad y vacío.

Silencio.

La nada.





Fotografía: http://photobucket.com

Sobran palabras, faltan momentos

Quiero gritarte en silencio
que sobran palabras,
que faltan momentos,
que vengo a buscarte
y que nunca te encuentro,
que busco una paz negociada
con mis sentimientos.

Sobran palabras y faltan momentos.

Son tiempos de discursos vacíos, de palabras huecas que no dicen nada. De parejas que cenan a la luz de una vela mientras consultan el móvil. De turistas que nunca supieron ser viajeros. De gente que fotografía pero no mira, como si fuesen francotiradores impacientes acuciados por un reloj invisible.

Son tiempos de ruido de claxon aullando en la mañana. De mensajes de móvil que no cesan en la madrugada. De gente que choca con otra gente en la Gran Vía. De padres que no dan a sus hijos más que regalos. De ladrones de tiempo acechando tras cada esquina. De bocetos inacabados. De gente que grita en silencio sin que nadie la escuche. De gente que muere sin encontrar el momento ni las palabras para despedirse.

Sentarnos en la terraza un atardecer cualquiera, sin motivo. Mirarnos a los ojos diciéndolo todo sin hablar. Brindar con una buena cerveza. Decir adiós, te quiero, te echaré de menos, te acuerdas de aquel día y tantas cosas más.

Son tiempos sin tiempo. Donde sobran las palabras y faltan los momentos. Donde nos gritamos en silencio. Donde nos buscamos sin encontrarnos.


 

Los ladrones de tiempo


Cuando tenía 13 años me robaron un reloj. Sería de plástico. Sería Casio. A lo mejor hasta tenía calculadora. Fue en una ciudad lejana que tenía playa. Fue en una cuesta camino de Cabrerizas. Fue hace tanto tiempo que me parece que le pasó a otro.

Aquel día, inundado por la rabia, me hice una promesa: jamás me volvería a ocurrir. Durante meses, encerrado en mi rencor, me centré en idear sistemas que me permitiesen cumplir mi juramento... hasta que di con la solución perfecta. Nunca volvería a llevar reloj.

Hoy, 25 años después, puedo decir orgulloso que cumplí aquella promesa adolescente que sólo me salté en ocasiones en las que la etiqueta casi lo exigía. Y a veces ni eso.

Pero luego descubrí que aquello no era suficiente. Que había sobre la tierra una raza diferente de gente que se dedica a robar lo más preciado que tenemos: el tiempo. Y aún sin un reloj en mi muñeca siento cómo mi corazón se estremece, cómo renace aquella rabia salvaje, cada vez que me enfrento a uno de esos ladrones de guante blanco.



Algunos simplemente llegan tarde. Otros te arrastran a conversaciones insípidas sin sentido. Los hay que te atrapan por teléfono sin dejarte escapatoria. Y otros, simplemente, te meten la mano en el reloj y roban. A mí, una vez, me robaron cinco meses de golpe. ¡Cinco meses! Acudí indignado a la policía, pero ante sus risas poco disimuladas acabé desistiendo de presentar una denuncia.

Seguramente, si sumo los pequeños hurtos temporales sufridos a lo largo de mi existencia, más los que me quedan por soportar si sobrevivo hasta los 80, habré perdido por el camino toda una década, calculando a ojo de buen cubero.

Ahora entiendo a Momo y las huidas de sus hombres grises. La creación de los Bancos de Tiempo. A la gente borde que corta las llamadas de la forma más abrupta. Las miradas asesinas de un conversador aburrido. A quienes se niegan a ver la televisión. A los que ganan horas observando los relojes de Dalí. A la gente que cuando ve aquella película sobre poetas muertos acaba gritando 'Carpe Diem'.


Respeto por encima de todo a aquellos que entienden, aunque sea tarde, que el tiempo es lo más sagrado que tenemos. Lo único con fecha de caducidad. Lo único que no podemos comprar. Aquello que cuando se pierde, no vuelve jamás. Eso que únicamente se detiene cuando sonreímos en buena compañía.

Porque los relojes nunca interrumpen su cruel camino, porque nunca hay marcha atrás, porque nada vale tanto. Tic Tac.

IMÁGENES
Relojes de Dalí
Torre del Reloj de Praga

Historias otoñales de un trilero sin memoria


El otoño es extraño. Nostálgico. Tiene el color amarillento de las hojas que siembran la tierra tras su baile cansino. Tiene el tacto del aire frío estirando la piel. Huele a humedad, a sueños que están por venir, a viajes ya planeados. Tiene el tacto de un jersey de lana. El olor de los armarios reordenados y de los guisos de mamá. De las sopas de pollo y de los braseros recién encendidos.

El otoño es tiempo de cambio y de mudanza. De vidas por estrenar. De piezas que encajan sin saber muy bien por qué.

En otoño la memoria saca su particular mesa del trilero a la calle. ¿Dónde está la bolita? ¿Aquí o aquí? ¿Cómo fue aquello? ¿Así o así? Los ojos entrecerrados, mirando fijamente aquella foto macilenta en busca de una respuesta que nunca aparece.





Es en otoño, con el paso de una hoja más del calendario dibujado en el horizonte, cuando la niebla se abalanza sobre los recuerdos.

Porque nunca es lo que pudo haber sido. Porque la vida es una carrera en la que nunca alcanzamos al futuro. Porque el pasado es un libro cerrado cargado de batallas perdidas, de recuerdos creados y de soledades acompañadas. Porque demasiadas veces la suma de dos es la soledad al cuadrado. Porque el presente es la mejor de las recompensas.

Es otoño. El sol se apaga un poco cada día, ofreciendo un cielo cada vez más mortecino, cada vez más silencioso, cada vez más triste.

 

Es otoño y se acumulan las emociones. Ha muerto María de Villota, le han dado el Premio Nobel a Alice Munro, estoy sumergido en los libros de Santiago Posteguillo y Extremoduro anuncia nuevo disco.

Es otoño. La estación de tren de las almas perdidas.

Es otoño. Un tiempo en el que conviene estar cerca de toda esa gente que te hace reír sin pedir nada a cambio.

Es otoño y no me importa. Porque la vida sigue siendo un regalo maravilloso.

Una línea recta


Un papel en blanco. Dibuja lo que quieras, te dice. Coges el lápiz despacio, como si pudiese romperse en tu propia fragilidad. Callas. Miras por la ventana. Llueve ligeramente, casi con timidez, mientras el sol parece pelear al fondo, tras una montaña nevada, por intentar asomar su rostro de fuego.

El papel en blanco vuelve a reclamarte. Lo que quieras, te ha dicho. Pero no es sencillo. Es una elección importante. Nada es casual, nada ocurre porque sí, y ese dibujo aún sin pergeñar puede ser una respuesta. Lo que quieras. ¿Y qué es lo que quieres? Ojalá lo supieras, ojalá lo vieras con tanta claridad como ese sueño que nunca olvidas y que acaba, siempre, con tu cuerpo estrellado contra el suelo.

No se oye nada, sólo un silencio denso que rozan el sonido ligero de tu respiración y del lápiz cortando el aire en un giro sin sentido que diseñas cada pocos segundos. Te concentras. Apoyas el lápiz en el papel. Parece reciclado, ligeramente rugoso. La mina por fin contacta con la superficie que no es del todo blanca. Dibujas concentrado durante 5 segundos y luego das un paso hacia atrás, como impulsado por un resorte, para analizar tu dibujo.

Una línea recta. Una metáfora perfecta, piensas. Sin complicaciones. Sin artilugios ni recovecos. Contundente en su simplicidad. Sin principio ni final. Sin mentiras. Sin trucos. Sólo una línea. Con el tamaño perfecto para admirarla pero no demasiado larga como para que parezca pretenciosa. Un trazo contundente repasado dos veces.



¿Por qué una línea recta? No lo sé. Hace unos años seguramente hubiese elegido un dibujo cerrado, lleno de curvas, de ilusiones ópticas, de recovecos imposibles, de miradas escondidas. Pero hoy he elegido la línea recta. La palabra hecha imagen. La esperanza de un futuro que está por llegar. Un viaje a un paraíso por determinar.

¿Y yo? ¿Dónde estoy yo?,  me preguntas con voz triste. ¿Es que acaso te conformas con que sea una línea más, con que nos unamos en algún punto indefinido por un tiempo limitado y que luego cada uno siga su camino sin mirar atrás?

No has entendido nada, te respondo. No es mi línea recta. Es una línea dibujada sobre otra. Es la nuestra. Sonríes. Me abrazas. Nos besamos.

Lo esencial es invisible a los ojos

Días de sol y de nostalgia. Sueños de chocolate que se derriten en la primavera tardía. Mi pecho desnudo apoyado en tu espalda. La arena de la playa, húmeda, bajo nuestros pies. Tus labios reposando en los míos. Solos entre la multitud. Días que se escurren como el humo de ese tren, antes de que cuente tres. Caricaturas del pasado oscuro que se asoman tras cualquier esquina traidora. Palabras que se esconden para no hacer daño. Risas y sonrisas. 

La cara iluminada de esa niña que está aprendiendo a leer. El rostro iluminado de esa mujer que cumplirá su sueño y será madre. 

Generaciones que se cruzan sin descanso, recordándonos a gritos que no somos más que un grano de arena en algo tan grande que no alcanzamos a comprenderlo. Que por muy importantes que nos creamos no somos nada, y a la vez lo somos todo si aprendemos a vivir sin miedo al fracaso. 

Son tiempos de cambio. Otra vez. Un nuevo escalón en una mudanza eterna en la que tu sitio debe seguirte allá donde estés. Sin más requisitos que saber que tu hogar eres tú mismo, que debes aprender a quererte para poder querer a los demás, que si no eres consciente de quién eres no puedes entregarte.

El zorro le dijo al Principito: "He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos". Y añadió: "Lo que hace importante a tu rosa es el tiempo que tú has perdido con ella".

Lo esencial es invisible a los ojos. Pero está ahí. Al alcance de la mano de quien se atreva a cerrar los ojos y a sentir. De quien quiera saltar al abismo cogido de mi mano sin preguntar qué hay más allá. De quien quiera volver a jugarse sus cartas al doble o nada. De quien sepa ver con el corazón todo lo que hay más allá de los muros construidos hace tiempo.

Son tiempos de cambio. Tiempos de chocolate. Tiempos de sonrisas compartidas. Tiempos de saber lo que se quiere y lo que no. Tiempos sin dudas. Tiempos de sueños y de viajes imaginados. Son buenos tiempos.