Los reyes del mundo

Si diez años después te vuelvo a encontrar en algún lugar no olvides que soy distinto de ayer pero casi igual... La letra de Andrés Calamaro retumba desde hace semanas en mi cabeza. Diez años, una década nada menos. Un periodo tras el cual el reencuentro es casi una aventura, un salto al vacío.

Pero hay cosas más fuertes que el olvido. Sí, pasaron diez años, más en algunos casos. Pero allí estábamos, escuchando la música de Álvaro en La flauta mágica, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si apenas hubiese pasado una semana desde la última vez que saltamos al ritmo de La Malagueta o aullamos con el rock del lobo. Pero el calendario no engaña. Más de diez años.

Y allí, entre copas y chupitos de extraños colores, todo era normal, natural, incluso demasiado. Gente nueva y muchas caras conocidas, como cada noche de finales de los 90.

Fue sólo el principio. En una cena memorable, de esas que se incorporan a la memoria colectiva, cada rostro que asomaba por la puerta era una alegría. Coño, Micki. Cojones, si es Roberto... y así una y otra vez. Y el tiempo pareció plegarse sólo para nosotros, y nos hizo sentir que diez años no son nada; que siguen siendo más cosas las que nos unen que las que nos separan; que con una cerveza en la mano seguimos siendo los reyes del mundo. Olé por nosotros.

Ladrones del tiempo

Imágenes que asaltan mi memoria sin dar explicaciones. Un reloj de arena boca abajo. El tiempo que se marcha sin compasión.

Son los hombres grises, aquellos que perseguían a Momo, aquellos cuya misión era robar el tiempo. ¿Dónde van los minutos que se pierden? ¿Y dónde se almacenan las cosas que jamás ocurren? Son preguntas sin respuesta, dudas que no conducen a nada. Como la vida misma.

La niebla. Los sueños. Las miradas. El silencio. La sinceridad. Las palabras que dichas son de otra manera. Cosas bellas. Cosas sinceras. El tiempo que se me escurre entre los dedos.

Los recuerdos. La vieja caja imaginaria donde almaceno tus miradas, tus palabras escondidas, tus pensamientos, aquellas historias que nunca se contaron porque nunca sucedieron. El reloj de arena que no se detiene.

Pasa un día tras otro. Manos que se rozan. Cuerpos que se esquivan. Miradas que se huyen. Palabras que se acarician. Pensamientos que, la verdad, no tienen demasiado sentido.

Minuto tras minuto. El fondo de una copa de cerveza. Aquella mirada encendida. Aquella palabra que nunca se dijo. Aquel sueño que nunca se cumplió.

El puto reloj de arena que no deja de contar las horas.

¿Dónde está Zimbaue?

El sol se ha desperezado, ha abandonado su huelga y ha decidido visitarnos por fin. Esta mañana me ha deslumbrado, una sensación que prácticamente no recordaba. Me he sentado a escribir sin saber muy bien qué iba a hacer, como casi siempre. He pensado en los sinvergüenzas de nuestros políticos y sus amiguitos los banqueros. En toda esa gente que lo está pasando mal con esta mierda de crisis. En los amigos que he recuperado gracias a la magia de las redes sociales. En ese tipo que ha tendio que dejar un reality antes de empezar porque se ha descubierto que mató a sus padres (y cumplió menos de tres años en un reformatorio porque era menor). E incluso, en un ejercicio de dolorosa nostalgia, me he acordado de la belleza serena de Lisboa, de la magia de París y de la locura lúcida de Nueva York.

Pero un día, cuando empecé a escribir tonterías en este mi rincón, me comprometí conmigo mismo a incidir en una idea: hablar de aquello que nadie nos cuenta, de las noticias que olvidan en los telediarios, de las cosas que ni siquiera abordan el repetitivo 'Callejeros'. Porque la palabra es mi única herramienta.

Y me he acordado de Zimbaue. Uno de esos países olvidados (como casi toda África) donde el cólera que tan bien retrataba García Márquez ha vuelto con fuerza inusitada: 60.000 afectados y más de 3.000 muertos, a lo que suma que casi un tercio de la población padece sida... en pleno siglo XXI. A alguno (Obama, UE, ONU, OTAN...) se le tenía que caer la cara de vergüenza.



La situación económica es igualmente lamentable. Es el país con la mayor inflación del mundo.

Es un país en manos de un dictador, Robert Mugabe, pero es uno de esos dictadores sin petróleo. Es decir, de esos que no le importan a nadie. Un hombre que en plena crisis humanitaria ha celebrado su 85 cumpleaños por todo lo alto. Según The Times, comprando 4.000 porciones de caviar, 3.000 patos, 16.000 huevos, 3.000 tartas de chocolate y vainilla, champán francés y 8.000 cajas de bombones Ferrero Rocher. El año pasado sus 'regalos' fueron ingresos bancarios que alcanzaron los 1,2 millones de dólares y ahora el 'simpático Mugabe espera superar esa cifra.

Crisis humanitaria, dictadores, muerte, represión... es la eterna historia de África, ésa que el llamado primer mundo escribe con los renglones torcidos. Pero no pasa nada, porque la mayoría de nosotros no sabríamos ubicar Zimbaue (antes Rhodesia) en el mapamundi. Es nuestra tragedia. Es la tragedia de estos días que corren.

Mucha crisis y más sinvergüenzas aún

En los últimos meses los españoles se han familiarizado con una palabra que hasta ahora les resultaba ajena: ERE. Expediente de Regulación de Empleo. O dicho de otro modo, gente a la puta calle. La excusa, la crisis. La causa, la caradura y la mala gestión de las empresas. Los paganos, los de siempre, los currantes.

Porque sí, es verdad que estamos en crisis. Y sí, es verdad que muchas empresas tienen problemas. Pero en los últimos años aquí nos ha ido muy bien, se han ganado ingentes cantidades de dinero... y ahora no queda nada. ¿Qué modelo económico es ese en el que se quiere ganar tantísimo dinero en tan poco tiempo que al final el dinero nunca llega a estar donde debe? El capitalismo dirán unos. Un modelo que al final se desmorona, diría yo. Un pequeño empresario sin problemas me lo decía hace unas horas: "Aquí la gente se ha jartao a repartir dividendos, y cuando han venido mal dadas nadie tenía dinero".

Como no me gustan las aseveraciones sin fundamento, empecé a investigar (bueno, a buscar cosas en el google, que es casi lo mismo). Elegí al azar 7 de las empresas que han presentado EREs en los últimos meses y analicé cuánto dinero ganaron en el último año antes de la crisis.



Acerinox. Beneficios en 2007, 312,3 millones de euros
Sony. Beneficios en 2007, 3.524 millones de dólares (y 1.203 millones en el año anterior)
Martinsa. Beneficios en 2007, 413 millones de euros
IVECO Madrid. Beneficios 2004-2007, 147,84 millones de euros
Renault España. Beneficios 2007, 111 millones de euros
Nissan. Beneficios último año fiscal, 2.980 millones de euros, y para este año prevé beneficios de 'sólo' 2.190 millones por la crisis
Seat. Beneficios 2007, 170 millones de euros

TOTAL. Aproximadamente 7.000 millones de euros sólo en 2007, y podríamos seguir igual con muchas de las grandes empresas que han llevado a cabo despidos masivos.

Ahora viene el engaño del lenguaje. Las empresas nos dicen que con la recesión (¡QUÉ GUAY! ¡YA ESTAMOS EN RECESIÓN!) han perdido beneficios. ¡Ojo! Pierden beneficios, que no dinero.

Titulares de hoy mismo:
El beneficio de Sony se hunde un 95%
Las ganancias de Nintendo caen un 18%
El beneficio del Sabadell cae un 14%

Solución para seguir ganando tanto como antes: Mandar a la gente a la puta calle. ¿A quién le importa si es una familia con cuatro hijos y una hipoteca? ¿O si tienen un familiar enfermo con un caro tratamiento? Eso da lo mismo.

¿Y cómo se ha llegado a esto? Yo no entiendo mucho de economía, pero tengo claro que si después de esos beneficios las cosas van mal, es que no se ha gestionado bien. Pero que cada uno saque sus propias conclusiones. Porque estas son las cosas que no le importan a nadie.

El monopoly... como la vida misma

La madrugada nos encontró a los cinco jugando al monopoly, aún con las manchas de pintura frescas en la piel. De pronto, algo pasó. Fue antes de que el capitalismo hundiera sin piedad un triste y optimista intento de cooperativa.

Todos los jugadores acumulaban tarjetas (calles) en su lado, y el tablero estaba ya inundado de casas construidas. Si embargo, si alguien observaba con detenimiento notaba que los 'constructores' lanzaban los dado con miedo, casi con pánico. La causa, que en realidad no tenían dinero, así que si encontraban alguna dificultad en su camino --en este caso en forma de calle con casas construidas-- no podían afrontar los pagos. Es decir, que tenían bienes inmuebles pero ninguna liquidez, y al primer problema el sistema se vino abajo. ¿Les suena este cuento?

Así pasaron las horas, y la madrugada nos condujo suavemente hasta el amanecer, donde no nos encontró la mañana. Fue una noche larga, de hablar, de pensar, de jugar, de reír, de cantar, de ganar y perder. De soñar sin mirar atrás. Por fin.

No, we can't... estoy hasta los cojones


No, no puedo más. Han pasado apenas unas horas del nombramiento de Barak Hussein Obama como nuevo presidente de los Estados Unidos de América y ya estoy hasta los cojones de verle hasta en la sopa. Y eso que el hombre me cae bien y creo que podría hacerlo no demasiado mal (y los que me conocen saben lo que significa en mí ese margen de confianza).

Pero por favor. Ya está bien. Que en el mundo pasan más cosas. Que Obama NO VA A SOLUCIONAR NUESTROS PROBLEMAS. Que no se va a llevar a Solbes. Que no va a convencer a las empresas para que dejen de aprovechar la crisis para largar gente sin parar. Que no va a hacer que las familias lleguen a fin de mes. Que no va a evitar que mañana sigan recogiendo los cadáveres desmembrados en la franja de Gaza. Que Obama no es un superhéroe. No es más que el presidente del país más poderoso del mundo. Y, por tanto, estará condicionado por los intereses de las empresas más poderosas del mundo. Y, por tanto, tendrá un margen de maniobra más que limitado. Como, por cierto, ha ocurrido con todos los presidentes a lo largo de la historia de ese país. Sólo Kennedy intentó cambiar un poco las cosas... y ya sabemos todos cómo acabó.

Sí, Obama cerrará Guantánamo. Sí, dará un cambio a las relaciones internacionales de su país. Y a lo mejor hasta potencia la educación pública en su país. Pero que nadie se lleve a engaño, por favor. Que ya estoy cansado de oir a la gente de izquierdas hablar maravillas de un hombre que se sitúa bastante a la derecha del Partido Popular. Porque en Estados Unidos las cosas son así. Así que, por favor, déjennos un poquito en paz y sigamos trabajando por lo nuestro. Porque Obama, aunque sea negro, no nos va a arreglar la vida. Y yo ya estoy hasta los cojones.

El tiempo se escurre entre los dedos

Como rebeldes granos de arena que se resisten a ser atrapados. Como el agua incontenible de una ola del Mediterráneo. Como tu sospechosa mirada. Así se me escurre el tiempo entre los dedos, y así se acaba un año más.

Parece que fue ayer cuando la Nochevieja del año 2000 la vivía por duplicado, en Badajoz y Elvas. O cuando escuchaba las campanadas que emitía la radio de un coche en la orilla de una playa. O aquel año que las retransmitimos en un restaurante de Londres. O aquella noche que pasamos soñando con el viaje a Estambul. Un año más, un año menos.

El tiempo vuela, y a veces siento que se pierde. Aunque el poeta Manolo García me contradice: Nunca el tiempo es perdido, canta convencido. No lo tengo tan claro. Como diría el poeta, el tiempo que se olvida, ¿sabes tú a dónde va?

Pero el año apura ya sus últimos suspiros y es el momento de hacer balance de lo pasado y acopio de buenas intenciones. Como de esto último no ando sobrado, y ya estoy mayor para engañarme, me centraré en el balance de la anualidad que ahora termina.

2008 ha sido, es aún, un año curioso, especial, de esos que permanecerán en mi memoria para siempre a pesar de los vacíos que me dibuja la noche a menudo. Porque alimenté mi eterna rebeldía y cumplí un sueño y una promesa, saltar al vacío y dejar el trabajo. Entré en un mundo nuevo, desconocido, y conocí entre bambalinas a gente de esa que merece la pena (algo cada vez más difícil, por cierto). Jugué con fuego sin quemarme. Entré varias veces en una clínica en la que a algunos --Ch., B., N., S., M.J y G.-- nos han nombrado socios honorarios. Vi la maldad de cerca y no me pasé al lado oscuro. Resistí los envites y no caí en la tentación de los cantos de sirena. Aprendí a dar abrazos. Soñé entre piedras bimilenarias. Me tambaleé en un karaoke, en el mismo rincón en que S. se daba a la fuga y presumía de silla nueva. Descubrí algunos límites insospechados. Regresé a Melilla, conocí Estambul y viajé a Nueva York y Londres. Volví a Lisboa y repetí en Sesimbra. Hice promesas y muchas las cumplí. No perdí a ningún ser querido. En 2008 aprendí mucho. Y también hice lo que quise.

Y sólo por eso brindo por el año que se va, aunque se me escurra entre los dedos, aunque mi frágil memoria amenace con borrar muchas cosas importantes. Aunque ni siquiera este cuaderno de bitácora recoja las cosas más importantes, ésas que no se pueden --ni se deben-- explicar.

Nostalgia y navidad

Miro atrás y veo. A veces ni siquiera eso. Sólo miro atrás y apenas recuerdo un gesto, una mirada, un perfil. Miro atrás y siento. Amigos que se fueron quedando en la cuneta, y otros que siguen ahí, pero por los que ni siquiera descolgamos el teléfono. Siento nostalgia. Será la puta navidad que nos acecha, o simplemente dos cubatas mal traídos.

Uno es lo que hace. Y lo que deja atrás. En mi caso ambas cosas pesan igual. Y cuando reflexiona y se decide a coger el teléfono, o incluso a escribir un correo electrónico, descubre que algo se remueve en su interior. Muchas ciudades, muchos amigos diferentes. Los del instituto, los de la universidad, los del periodismo, los del teatro... Será la puta navidad, que nos empuja hacia la nostalgia, o será ese chupito de licor de hierbas en la Taberna de Sole.

Una voz amiga al otro lado del teléfono. El email de alguien que creías que ni siquiera te recordaba. La carta sincera de un compañero al que un día cualquiera, sin saber muy bien porqué, dejaste de llamar. Será la navidad, que intenta en vano hacernos mejores personas, o sólo el destello cegador de las luces del belén.

Con el frío, los buenos propósitos. Este año el gimnasio, aprenderé inglés, quedaré a comer una vez al mes con los viejos amigos, ahorraré, seré más cariñoso (hasta puede que por fin aprenda a dar abrazos, Ch.) y no dejaré que los malos pensamientos me invadan. Mentira. Será la navidad, que quiere transformarnos en lo que no somos a base de ingestiones masivas de polvorones y turrón duro. Por cierto, dos alimentos que deben estar tan deliciosos que no nos atrevemos a probarlos en el resto del año.

Pero sea lo que sea, la nostalgia me invade en estas fechas. Entre sueños distingo los rostros de los que yacen para siempre en la oscuridad, y también los de aquellos que quedaron atrás y no volverán a nuestras vidas. Vislumbro nombres, caricias, miradas, sueños olvidados y aventuras que quedan tan lejos como el espectáculo del silencioso amanecer en el desierto de Wadi Rum.

Será la puta navidad, que nos obliga a añorar lo que perdimos, a extrañar lo que alguna vez pudimos tener y a desear lo que jamás será realidad. Cago en la puta...

Viaje a las entrañas


Imágenes, rostros, nombres, calles... Es extraña la sensación de volver al lugar del que uno procede. Allí, en Melilla, el tiempo parece haberse detenido, al menos para mí, aunque muchas cosas han cambiado. El viejo mercado apura sus últimas semanas, la mítica Flor de la India echará el cierre en breve y ya hay más chinos que hindús. Los bares están ahora en el Puerto Deportivo, y una pasarela une el Paseo Marítimo con la Plaza de España.

Pero la esencia permanece, y miles de recuerdos se agolpan en mi cabeza al reconocer cada rincón. Los helados de la Ibense, el parque Hernández, y el parque Lobera, las teterías del Real, el aeropuerto tamaño familiar, las COAs, las paradas de autobús, las fuentes públicas...

Es extraña la sensación de ir por una calle europea, cruzar, y encontrarse, de pronto, en medio de una ciudad africana. Un lugar donde el tiempo se detiene, las religiones se apartan y pase lo que pase, nunca pasa nada (como dicen los melillenses). Un espacio en el que los empresarios se desesperan, donde cruzar la frontera se convierte en una aventura y los amigos permanecen.

Ha sido como volver a las entrañas de uno mismo. Tomar una copa sentados sobre el pick-up de Samuel bajo la atenta mirada del militar que vigila la frontera en el último dique español. Cruzar las puertas del viejo instituto y, esta vez sí, entrar por la zona de los profesores. Ver de cerca la sonrisa de Cilleruelo. Escuchar a Quini relatar sus historias mientras nos invita a merendar aunque, por primera vez, ella no paga. Contar chistes malos. Reir hasta sentir que te duele el estómago. Decir las cosas claras. Ver bailar a Pablo. Preocuparse por los que no están bien. Recuperar gente que uno creía perdida. Asaltar la madrugada una y otra vez, como si fuese la vida en ello.

Demasiadas cosas para tan poca inspiración.

FOTOGRAFÍA: FARO DE MELILLA. J. A. A. (dedicada a S. y O.)

Volver a casa

Y tú, ¿de dónde eres? Esa pregunta, lanzada a bocajarro por cualquier persona que acabe de conocer, tiene la virtud de descolocarme. Porque nunca he tenido claro de dónde es una persona. ¿De donde nace, aunque no guarde recuerdos de ese lugar? ¿Donde pace, aunque extrañe ese vínculo que surge con algunos sitios especiales?

Y tú, ¿de dónde eres? Duda sincera. Poque por circunstancias de la vida he transitado por muchos lugares. Madrid, Málaga, Fuerteventura, Ronda, Melilla, Mérida y Cáceres son las que rápidamente acuden a mi memoria, aunque de muchas de esas ciudades apenas guardo recuerdos dispersos. Una calle, un sonido, un olor, un amigo... ¿Y cual elijo? Si es por nacimiento, Madrid. Si es por el lugar donde vive mi familia, Madrid. Si es por años vividos, Extremadura.

Y tú, ¿de dónde eres? Es que no es tan sencillo. Yo tengo la teoría --como todas, seguramente equivocada-- de que uno es del lugar en el que va al instituto. La elección de la época nos es casual, porque esos son los años --de los 13 a los 18-- en el que uno hace casi todo por primera vez. El primer beso, la primera pelea, el primer corazón roto, la primera gamberrada seria, la primera carrera ante la policía, la primera fuga de casa (aunque dure unos minutos), el primer atraco, los amigos que son para siempre...

Y tú, ¿de dónde eres? Ya lo tengo claro. De Melilla. Mi lugar de las primeras veces. Y ahora regreso 10 años después, como la canción de Los Rodríguez, buscando acabar con esa sensación de orfandad que a veces tenemos los que somos de todas partes, los que no somos de ningún lugar.

FOTOGRAFÍA: Faro de Melilla