Salto al vacío

Saltar al vacío. Avanzar sin mirar atrás. Soñar que las cosas no siempre son así, porque podrían ser de otra manera. Pensar que el mejor momento es siempre el presente, que el pasado es apenas un lejano recuerdo sin sentido. Olvidar. Cometer los mismos errores una y otra vez.



Saltar al vacío. Asomarse con incertidumbre al precipicio. Descubrir que hay menos gente, o más, de la que uno imaginaba. Apartar el miedo de un manotazo para encerrarlo en un cuarto oscuro del que no podrá salir.

Saltar al vacío. Dar un paso al frente. Dejar atrás. Abrir mucho los ojos. Respirar hondo. Y saltar.

Ya se apagan los ecos


Aún resuenan los ecos de las últimas notas lanzadas al viento por el batería de Lagartiga Nick. La última canción del maestro Enrique Morente. La belleza de 'Volver' en la prodigiosa voz de Estrella. Pero ya son sólo eso, ecos, vestigios de algo que ya terminó y que únicamente pervive en la memoria, en nuestra frágil memoria.

Y dentro de poco, además, cada uno tomará su camino, y el verano que ahora se nos escurre entre los dedos no será más que un bello recuerdo. Eso sí, seguramente inolvidable.

Pero la vida es así. Rápida, ágil y poco romántica, capaz de atropellarte sin preguntar, de avanzar sin importarle lo que quede atrás. Aunque, como dijo alguien algún día, las cosas más bellas lo son porque siempre eres consciente de que no durarán para siempre.

Dos meses… toda una vida


Dejar que las palabras fluyan sin pensar.


Un ghetto que lucha por sobrevivir en un mundo de tiburones desdentados. Una olvidada heroína de las tablas que, por fin, recibe un merecido homenaje. Nuria Espert asomando tras una esquina convertida en Margarita Xirgu. Su sonrisa agradecida por una copa de vino blanco. Tardes que se hacen noches y noches que alcanzan el amanecer pasando de puntillas por la madrugada. Una huérfana silla de jardín secuestrada al amparo de la oscuridad. Una mujer a la que le gusta la vainilla. El chikilicuatre de Mérida. El machaca. El hijo de siete putas. Los dardos interminables. Broncas a la luz de la luna en un jardín que en ocasiones ya no es el paraíso que debiera. Asomarse unos segundos al balcón del abismo de la mano de Pepe Sancho. Encadena, clava, remacha, ¡GOLPEA! Gente que cae al agua sin bañador. Descubrir al payaso poeta, y al gran hombre que esconde tras la fachada. Sit down, manolito. Leyendas urbanas clavadas sin compasión. Hoy nos chumamos, ¿no?. Resacas asesinas, y otras que pasan de largo. Las uñas sin cortar. Lágrimas de alcohol. Las cuquis rápidas que esquivan los golpes, no como esas de antes, pachonas, que se aplastaban sin problema. El caniche que huye de las cuquis. Personas ‘non gratas’ en un karaoke. Pinocho fue a pescar. Un rap inolvidable improvisado junto a una piscina. Un imitador incomparable. Una mujer que vive en el medio del medio del medio de Badajoz. Edipo… ¡criminal! Desdichadooooo. Empezar porque sí ante un micrófono asustado. Sacar la lengua para chupar un corcho que flota en un vaso de vino. Sois unos cabrones. ¡¡¡AVALANCHAAAA!!! La risa sincera de un becario que ya no es simplemente un becario. El ‘machine’. Partidos de tenis que dan para mucho. Los chistes malos de Noelia. Las miradas transparentes de Belén. Los York declamando a media mañana en un ensayo improvisado. Inolvidable noche solitaria entre las piedras. Nostalgia de lo que aún no se ha perdido. Los abrazos sinceros, las miradas que hablan, las cosas que nunca mueren... Cambiar para que lo importante permanezca. Amistades de esas que duran para toda la vida. Saber que todo lo pasado no es más que el prólogo de un libro aún por escribir.

PD. ¿Vamos a la Cruzada? ¿Y al Alcandoria?

'Sinpa' en El Bulli


¿Quién no ha fantaseado, aunque sea una sola vez, con marcharse sin pagar de algún sitio? Sí, no disimulen. En ese restaurante en el que la factura es el doble de la que imaginábamos. O en ese bar de copas de a 12 euros el cubata. O en ese bar en el que ha estado media hora esperando a que alguien le cobrase. Pues todo lo que hubiesen soñado se ha quedado corto con lo de Pascal Henry.
Por si alguien aún no conoce la historia, se la cuento. El colega este es un crítico gastronómico suizo que estaba inmerso en un macroproyecto para escribir un libro sobre los mejores restaurantes del mundo. Y en éstas se encontraba cuando una noche se plantó en 'El Bulli' (el de Ferrán Adriá) y después de cenar --cerca de 300 euros de factura-- se puso a hablar con la gente del restaurante. "Un segundo, que voy al coche a por unas tarjetas para que me puedan mandar un email". "Perfecto, aquí le esperamos". Y nunca más se supo.
La Guardia Civil lleva más de un mes buscando a este suizo, que debe tener la cara de hormigón armado. Pero lo mejor de la historia es el desenlace. Hace unos días la Benemérita anuncia una nueva batida por la zona del restaurante para encontrar alguna pista... se supone que del secuestro o el asesinato del jeta. Y horas después se hace público que la Interpol ya había avisado días antes de que Pascal Henry estaba tranquilamente en Suiza, brindando a la salud de Ferrán Adriá. Pero claro, el enlace español de la Interpol no estaba en su despacho y el ordenador debió contestar con un hispano 'vuelva usted mañana'.
Al final ya saben dónde está, y ahora está por ver si al final paga la factura o si acaba convirtiéndose en ídolo de masas. Yo, por si acaso, ya he reservado en 'El Bulli' y he preparado un minucioso plan de fuga. Porque a mí un suizo no me gana a vividor. Digo.

EEUU arrasa a China... y en Georgia, miles de muertos

Abro la página web de un gran periódico nacional y me encuentro un titular que me estremece: "EEUU arrasa a China". Y algo se estremece en mi interior. Ha llegado, la tercera guerra mundial (o la cuarta, porque no tengo claro por la que vamos) ya está aquí. Y justo cuando estoy recogiendo la ropa para esconderme en mi bunker descubro que estoy en un error. Porca miseria. Se trata de una crónica deportiva que narra la victoria estadounidense ante China.
Un poco más abajo, en letra pequeñita, encuentro otro titular que me llama la atención. Prosiguen los enfrentamientos de Rusia y Georgia. Miles de bajas civiles. No pasa nada, pienso. Será que los equipos de lucha libre de estos países se han encontrado en Beijing. Y lo de las bajas civiles...pues creo que son mujeres chiquititas que no son militares. Vamos, que me imagino a miles de chinitas paseando por la ciudad.


Pero de nuevo me equivoco. Ahora sí que se trata de una guerra. Y no como esas que ignoramos fácilmente en África o en Oriente Medio simplemente porque no salen en la tele. Ésta está aquí al lado, en plena Europa.
Miles de bajas civiles en Georgia. Y un periódico se atreve a hablar de la preocupación que existe en Occidente porque en esa zona hay muchos oleoductos y podría volver a subir el precio del petróleo. Miles de muertos en Georgia. Y la foto de portada es la de un modesto ciclista español que ha ganado una medalla en las Olimpiadas. Miles de muertos en Georgia. Pero hay espacio, y mucho, para contar la historia del que ya es el 'sinpa' más famoso de la historia, el del crítico gastronómico suizo en el 'bulli' (o como se escriba). Miles de muertos en Georgia.

Y los políticos, esos líderes internacionales que mandan en nuestras vidas, en Beijing, disfrutando del espectáculo deportivo, que para eso cobran. Total, ¿a quién coño le importa lo que pase en Georgia? ¿O en Afganistán? ¿O en Angola? Total, no tengo ningún amigo allí... .
Por eso estos días estoy pegado a la tele, esperando una manifestación de artistas e intelectuales españoles contra la guerra del Caúcaso y exigiendo que alguien pare la matanza. Yo salí a la calle contra la guerra de Irak y saldría de nuevo contra la del Caúcaso. Porque allí, aunque no lo parezca, también muere la gente.

O le puedes o te puede


O le puedes o te puede. Fueron apenas 4, 5 segundos. Una visión. Una sensación indescriptible. Pasan pocos minutos de las once de la noche. El teatro romano casi repleto. Ceres sobre nuestras cabezas. Un rumor de fondo. El público, ansioso, que espera que comience la función. La voz de Pepe Sancho. "O ganas o te gana". El teatro, amigo o enemigo. La historia milenaria. El vello de punta. El corazón acelerado. Entender de pronto tantas cosas. Compartir sin tener que hablar. Apenas 4, 5 segundos. "O ganas o te gana". Porque aquí no valen los empates. Gracias, Pepe.

De odios y simpatías

El suplemento dominical del diario El Mundo publicaba este fin de semana una encuesta sobre los 20 personajes más queridos y odiados por los españoles. El resultado es, cuando menos, decepcionante, y dice mucho --quizás demasiado-- de este país.

En corazón de los españoles el mayor hueco está reservado a Iker Casillas, el portero que inundó el país de ilusión en la última Eurocopa. Junto a él comparten la lista de los más queridos otros cinco deportistas, los reyes y el príncipe, Zapatero y Rajoy, y artistas como Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Concha Velasco, Manolo Escobar, Almodóvar y Belén Rueda. Completan la clasificación José Tomas, Ferrán Adriá... y el padre Vicente Ferrer, que se asoma en el puesto 19.


Es decir. Que los españoles valoramos más a futbolistas millonarios, a reyes y príncipes nombrados a dedo por 'la gracia de Dios', a actores, cantantes y hasta a políticos (no se puede caer más bajo). Y tras ellos dejamos a Vicente Ferrer, un hombre que ha dedicado su vida a ayudar a los más desfavorecidos; que se ha sacrificado por los demás hasta lo indecible; y cuyo único sueño es acabar con las desigualdades que, cada día más, se producen en el mundo.

Pero claro. ¿Qué es todo eso comparado con un hombre que cada verano no saluda con cariño desde el yate que nosotros mismos pagamos? ¿O con esos deportistas que trabajan sin descanso tres o cuatro horas diarias a cambio de apenas 6 ó 7 millones de euros al año? ¡Qué pena de país!

Gran Vía, 54

El semáforo, caprichoso, se pone en rojo. El coche se detiene lentamente entre el bullicio de la ciudad. Miro a la derecha y lo encuentro. Gran Vía, 54. El portal parece mirarme, retarme, mientras algo ocurre dentro de mí. Decenas, centenares de recuerdos se agolpan y amenazan con renacer sin ni siquiera pedir permiso. Gran Vía, 54. Mi mente comienza a viajar por peligrosos caminos transitados por un pasado hasta ahora enterrado en los recovecos de la memoria.

Gran Vía, 54. Una mirada inocente. Un encuentro casual. Una amistad peligrosa. Un sueño sin cumplir. Unas vidas paralelas condenadas a no cruzarse jamás. Caprichos crueles del destino. Cosas que ocurren aunque nunca llegan a suceder. Manos turbias. Labios silenciosos que prefieren callar a tratar de explicar lo inexplicable. Huida cobarde amparada por la noche. Vacío. Una imagen que persigue. Gran Vía, 54.

El coche arranca suavemente y vuelvo al presente. ¿Qué me ha pasado?, reflexiono inocente. Es el pasado, me contesto. Porque por mucho que uno corra su pasado siempre le alcanza.

La sonrisa de un niño

Niños que pierden la inocencia. Que no sonríen, ni juegan. Niños que han visto demasiado. Niños, en fin, a los que el destino ya les ha quitado más de lo que les podrá devolver en toda una vida.

Fotos que cuentan más de lo que sugieren. Dos hermanos en el corazón de los Balcanes, en un poblado de Kosovo. Observan curiosos. Fijamente. Fríamente incluso. Pero no sonríen. Nunca.

Amigos mutilados por las bombas. Noches de infancia en vela. Padres y madres enterrados. Odios enconados. Perspectivas sombrías de futuro. Miedo. Hermanos mayores que nunca volverán.

Eran 'Las troyanas', de Eurípides. Y también la guerra de los Balcanes. Y es Irak. Y es Afganistán. Y será Irán. Y tantos otros. Es la condición humana. Atacar y destruir. Lo hicieron los moros con los cristianos, los cristianos con los moros, los romanos con los egipcios, los hutus con los tutsis...

La guerra, siempre la maldita guerra. Hombres poderosos reunidos en torno a una mesa que deciden sobre la vida y la muerte. ¡Qué más da!, pensarán. Todo es cuestión de dinero, asegurarán. Y es que en un mundo en el que la muerte se ha convertido en un negocio, a nadie le importa ya la sonrisa de un niño, el dolor de una madre o el vacío de una ausencia.
La guerra, siempre la maldita guerra. Porque sí que importa la sonrisa de esos niños. Porque cada ausencia es una herida sin cicatrizar. Porque aún hay días en que recuerdo la tumba de ese niño en un rincón olvidado de un valle kosovar y me dan ganas de llorar. Porque como dijo alguien alguna vez, en mi vida he encontrado muchas causas por las que merece la pena morir, pero ninguna por la que merezca la pena matar. Porque no existen las armas inteligentes. Porque hablar de víctimas colaterales es insultar a la humanidad. Porque cada vez que veo una versión de 'Las troyanas' recuerdo que no hemos cambiado nada. Porque cuando ví el montaje de Samarkanda se me saltaron las lágrimas. Por eso, yo lo tengo claro. NO A LA GUERRA. SÍ A LA VIDA
Fotografías. Reportaje gráfico de Pablo Sarompas en Kosovo

De fútbol, banderas y espíritu nacional



No sé si se habían enterado, pero España ha ganado la Eurocopa de fútbol. Aunque si no se habían enterado, seguro que se han sorprendido ante la maraña de banderas de España que en las últimas semana ha inundado las calles de nuestro país. Por primera vez, todos a una. Desde Ponferrada al Cabo de Gata, desde Melilla a Bilbao. Todos a una, empujando a la selección. Gente que hacía años que no veía un partido de fútbol aclama ahora la figura de Luis Aragonés, el juego fino de Andrés Iniesta o la inteligencia de Xavi. Y, por supuesto, a Iker Casillas, que se ha convertido en héroe nacional.

Como no podía ser de otra forma, los políticos se han subido al carro. Que si esto demuestra la existencia de un espíritu nacional, que si el triunfo de España es la demostracion de nuestro crecimiento y evolución como país... vamos, las gilipolleces de siempre. Porque entonces esto querría decir que si Torres no hubiese acertado ante el portero alemán y el árbitro nos hubiese pitado un penalty en contra, seríamos peores como país. O que los alemanes ahora son una panda de desgraciados, sin futuro como nación y una economía en declive sólo porque Ballack tuvo un mal día.

En fin. Que dentro de una semana las banderas volverán a sus armarios (a menos que nos vaya bien en las Olimpiadas de Pekín), Fernando Torres estará tumbado tranquilamente en la playa, Luis Aragonés estará jarto de comer kebap y cada español volverá a tirar para su lado. Vamos, que la Eurocopa no ha sido más que un espejismo de felicidad, un oasis de alegría en mitad de una crisis que amenaza con torcernos la sonrisa.

Así que confiemos en que Rafa Nadal (mañana) y la selección de baloncesto (en las Olimpiadas) nos vuelvan a hacer reir y nos permitan olvidarnos de que el paro no deja de subir, el puto euríbor amenaza con asfixiarnos y la gasolina es más cara que el coche. ¡Viva España!