
De todas formas, para mí el problema es que la Navidad es algo contradictorio. Siempre he tenido algo atrofiado el espíritu navideño. No canto villancicos, no como turrón ni mazapán, y mucho menos polvorones. No me gusta ir de compras, ni las luces horteras que decoran muchas ciudades, y no monto belenes. Pero, la verdad, es una época alegre que siempre asocio al reencuentro con la familia y los amigos. Es tiempo de confesiones, de cervezas a destiempo, de Beverly, de bailes desatados, de fríos amaneceres en los que ni siquiera se siente el frío, de viajes, de sueños compartidos...

Y también de nostalgia. En estos días me vienen a la mente uno tras otro los rostros que ya no me acompañan. Veo a Daniel con la pistola de su padre aún humeante en la mano. A Elena, oculta bajo una montaña de nieve. A Higinio, que se dejó la vida en asfalto. Y por supuesto a mis abuelos y a mis tíos, que pidieron la cuenta mucho antes de que llegara su hora. No me quejo. Tengo una gran familia y suficientes amigos, pero con cada uno de ellos se fue algo de mi inocencia, una inocencia que nunca volverá.
Llega 2010. Nuevos tiempos. Viejos sueños. Que os vaya bien a todos y que el mundo sea un poquito mejor. Cada uno que ponga su pequeño granito de arena. Lo demás, que venga como sea, que aquí estaremos para aguantarlo. Venga lo que venga.