La última página del calendario

La última página del calendario cae como una losa. Siento el tiempo escurriéndose entre mis dedos, cada mes, cada día, cada hora, cada segundo cuenta, como si fuese la reencarnación de Funes el Memorioso.

Es el peso de mi propia sombra, el grito en silencio que nadie responde.




Sueño que todo ha sido sólo un sueño, pero al final siempre despierto. Repaso el calendario y suspiro ante sus meses robados, que ya no volverán. Porque las cosas nunca vuelven. Porque el pasado se me antoja un país lejano que ya ni siquiera reconozco como patria. Y los días pasan, uno tras otro, sin descanso, mientras la caída de las hojas da paso al invierno ansioso. Es mi turno, gritan los vientos helados.


Hay años buenos, años malos y años extraños. Hay años que pasan, años que se viven y otros que, simplemente, se marchan. Hay años que huyen, y otros que nunca se van por mucho tiempo que pase. Hay años que se olvidan. Hay años que son una vida entera y años que no sirven para nada. Hay años que borran el pasado y otros que dibujan el futuro. Y hay años en los que pasa todo al mismo tiempo.





Nada más...



Temblor en las manos. Camino de adoquines que conduce directamente hacia el pasado. Vidas que se diluyen como azucarillo en el agua. Sueños que te asaltan de madrugada. La nada reflejada en el espejo. El adiós contemplado como un concepto ajeno, cada vez más propio, cada vez más asumido. Miradas que se pierden sin destino. Recuerdos dolorosos. Meses robados del calendario. Cuando uno más uno nunca sumaban dos.


Principios que suenan a hueco. Cartas en blanco. Mensajes no enviados. Llamadas que nunca se hicieron. Palabras que nunca se dijeron. Noches empapadas que engañan. Labios que se mueven sin hablar. Palabras que retumban y pesan como una losa. Corazón que late, demasiado rápido, demasiado tarde.


Vida sin urgencias. Atardecer plácido en Los Barruecos. Pisadas en la arena que cuentan más de lo que callan. Días pasados que huyen sin descanso. Lágrimas enterradas bajo el mar. Un adiós que siempre vuelve, que nunca calla en aquella estación de tren. Tan cerca. Tan lejos.

Días de otoño sin lluvia

Se siente el otoño en las calles. Las hojas comienzan a caer, amarillentas, en su danza ritual de cada año. Pero es el primer otoño... como tantas otras primeras cosas. Apenas dos estaciones, toda una vida, lo que va de la primavera tardía al otoño temprano. Y con el invierno y su consiguiente Navidad asomándose ya al calendario insolente, que avanza tan rápido que no me da tiempo casi ni a respirar.


El otoño ha llegado despidiendo un interminable verano maldito, pero no llueve. Extraño el olor de la lluvia. Sentirla caer sobre mi pelo, mi cara y mis manos. Escuchar su repiqueteo mientras duermo. Es otoño. Pero no llueve.

La mirada de Tris a Rocío cuando la ve avanzar diez años después, despacio, con su hermoso vestido blanco de novia enamorada. Una mirada de fuego. Intensa. Emocionada. De dos direcciones. Capaz de devolver la fe al más descreído. Pone los pelos de punta. Hace que las lágrimas se asomen al abismo de tus ojos. Sólo una mirada, unos segundos... suficiente. Gracias a los dos por hacernos creer en este otoño luminoso.

En una eterna noche de insomnio sueño despierto. Querría ser guionista de sueños. Escribir historias sólo para ti y para mí. Desterrar los miedos. Enterrar los fantasmas para siempre sólo con un golpe de teclado.

Guionista de sueños. Todos con su final, sin terrores, sin saltos al vacío, sin malos presentimientos... sólo luz y color para tus noches. Unas noches sin preguntas ni respuestas en habitaciones solitarias, sin unos ojos abiertos buscando la verdad en la oscuridad al ritmo del tic tac del reloj, sin el miedo a encontrarte tras cada esquina aquello que no quieres ver. Sin pensar nunca más dónde comenzó todo a derrumbarse y sin encontrar la respuesta.

Guionista de sueños capaz de imaginar vidas cruzadas que sin saber bien como ni porqué acaban compartiendo risas y cerveza en Praga.

“¿Dónde vamos tan deprisa?, me pregunta su sonrisa”, entona la voz de Robe.


Es otoño pero hace calor. No llueve. Tris y Rocío, enamorados hasta el tuétano diez años después. Regalando la fe que otros perdieron hace tiempo. Es magia, te susurran. Y lloras de alegría compartida.

Es un otoño igual y diferente. Como yo. Como todo.

Una vida al ritmo de Sabina

Hay días vacíos de palabras en los que la vida cambia de color. Hay sueños que pasan de largo mientras pensamos en qué es la felicidad. Y a veces, demasiadas veces, olvidamos que en este camino no hay segundas oportunidades, que las cosas suceden sólo una vez y que en la vida real no hay forma de borrar las huellas del camino como si fuesen el garabato de un niño.


Una vida con canciones de Joaquín Sabina como única banda sonora. Donde uno sólo se arrepienta de las cosas que no hizo, consciente de que hay trenes que sólo pasan una vez por la estación. Porque hasta los huesos sólo calan los besos que no han dado, asegura el poeta. Donde mirar atrás sea sólo un doloroso ejercicio de nostalgia ante la magia perdida. Donde olvidar ya no sea una necesidad. Donde cada canción parezca escrita para mí. Donde aprender sea siempre el siguiente paso por dar. Donde las corazas dejen de tener sentido y dos miradas se crucen diciendo cosas que no alcanzan a explicar las palabras. Donde se musiten juramentos con el miedo dibujado en la expresión. Donde un camino grabado en la arena se convierta en símbolo de futuro. Donde las cosas vayan tan deprisa que a veces no puedan controlarse. Donde nadie llore al leer las tonterías que escriben los locos.

Hoyos que inspiran y temores que quedan aparcados a la espera de momentos peores. Ideas que se cruzan sin sentido. Páginas en blanco aún por escribir. Y Sabina, siempre las malditas letras de Sabina grabadas a fuego en la conciencia.


De muerte y de recuerdos

Llevo toda la semana sintiendo este texto en la punta de los dedos, sabiendo que una madrugada insomne como ésta vería por fin la luz esta historia de recuerdos y de muerte. Porque el sábado me desperté con la peor de las noticias posibles asomada a un teléfono: la muerte de un gran tipo, Enrique Higuero. Y desde entonces no he dejado de pensar en él y en la muerte. Desde entonces mi cerebro me ha regalado imágenes desordenadas en forma de recuerdos y reflexiones a modo de sentencias.


Hace algo más de diez años, un día de finales de abril de 2001, conocí a Enrique Higuero. Mentiría si dijera que recuerdo perfectamente aquel momento, o que se me quedaron grabadas las primeras palabras que me dijo al atravesar las puertas de aquella redacción en la que tanto aprendí. Pero sí tengo su rostro grabado a fuego en la memoria, su media sonrisa, esa que siempre sugería que sabía algo que tú ignorabas (lo que era cierto casi siempre), su silencio atento y observador en la distancia, su genio, su disposición para el trabajo y también para la batalla, fuese con quien fuese. Su risa franca, sus conversaciones en el café, su modestia nada falsa, sus ideas originales. Siempre pensé que era un tipo tan genial como cabezota (y era muy muy cabezota).

Dice un compañero que le conocía mejor que yo que tenía el don de administrar con inteligencia sus silencios, y es verdad. Pero cuando menos lo esperabas y tú más lo necesitabas siempre aparecía allí para decirte la palabra adecuada, ésa capaz de reconfortarte y animarte a seguir adelante. Era ese hombre capaz de preguntarte mirándote a los ojos lo que otros sólo trataban de adivinar, ese tipo que sin que tú lo notaras siempre te protegía y te ayudaba.


La noticia de la muerte de Ache me ha traído el recuerdo de unos tiempos felices, de unos grandes compañeros, de un lugar en el que aprendí casi todo de lo poco que sé de este extraño oficio, de un ambiente irrepetible, de una gente que merece mucho la pena y a la que por suerte no he perdido a pesar del paso de los años y, sobre todo, de las circunstancias. De un lugar plagado de maestros del periodismo y de la vida que ni siquiera eran conscientes de serlo (recuerdo a Ángel, a Diego, al propio Ache...) en el que el trabajo era algo más que una forma de vida.

En estos tiempos extraños echo de menos tener algo de fe, porque para mi desgracia creo que tras la muerte sólo hay vacío y oscuridad... nada al fin y al cabo. Y por eso siento que nunca tendré la oportunidad de volver a sentarme con Ache, de echar un café con él, de escuchar su risa y sus consejos siempre pedidos, de soñar juntos con que las cosas pueden ser diferentes.

Sé que en estos tiempos de vértigo y de cambio una charla con él me hubiese reconfortado especialmente, pero por desgracia esa puta que es la muerte se lo ha llevado mucho antes de tiempo. Demasiado pronto. Porque siempre es demasiado pronto en el caso de tipos como él. Porque de Ache la gente hablaba bien incluso antes de que se muriera. Porque era un gran tipo. Una de esas pocas personas a las que merece la pena conocer. Tanto que su marcha nos dejará en herencia una reunión de ésas que parecen imposibles y en las que podremos brindar por él una última vez. Perdón por la tristeza.

Una mañana de primavera...


Una mañana abrí los ojos. Podía haber sido como cualquier otro despertar, perezoso, lento, suave y silencioso. Pero nada más sentir el primer rayo de luz atravesando la ventana supe que aquél era diferente, singular, el primero de muchos más que estaban por llegar.

No, no me pregunten por qué, porque no tengo la respuestas. Simplemente lo supe.

De pronto, recordé cuáles son las cosas que realmente importan en la vida y vi que estaban donde tenían que estar. De pronto, me sentí tranquilo, orgulloso de un camino extraño con rincones aún por explorar. De pronto, me sentí contento por no rehuir las puertas que se van abriendo, por saber que las cosas cambian si uno se empeña lo suficiente. Que de los peores rincones surgen destellos de esperanza y de futuro.



De pronto. Sin saber por qué. Una mañana cualquiera de primavera. Viendo que la reconstrucción va por buen camino. Paladeando el reencuentro. Sabiendo que las cosas más sorprendentes pueden ser reales. Que nada es lo que parece y que al final todo encuentra su sentido. Consciente. Lúcido. Dispuesto a tomar las riendas, una vez más. A dibujar el camino del futuro. Convencido, de nuevo, de que hay que soltar lastre para seguir avanzando.

Seguro de que sólo se ve bien con el corazón porque las cosas esenciales son invisibles para los ojos.

Una caja de zapatos con cien cartas

Un adiós sin despedida. Un hombre que pasea solo, sin paraguas, bajo la lluvia. Una ciudad amiga que se vuelve cada día más hostil. Una caja de zapatos con cien cartas que surge en el momento más extraño y del lugar más sorprendente.

Una caja de cartas. Cien escritos del pasado que irrumpen en mi vida sin llamar a la puerta. Irreverentes. Dolorosos. Descriptivos. Son las cartas que un día, en un tiempo que hoy se antoja muy lejano, algunas mujeres enviaron a alguien que no reconozco.


Cartas que hablan de amor, de amistad, de poesía, de sueños compartidos, de esperanzas... y también de dolor, de decepción, de rabia contenida a duras penas. Cartas escritas con lágrimas en los ojos y otras con una sonrisa dibujada en el rostro. Cartas que hablan, que me cuentan, que me enseñan, que me dicen más de lo que soy capaz de asumir.

Sí, un día que hoy se me antoja muy lejano las recogí de un buzón, las abrí con ansiedad y las devoré con la emoción que conocen aquellos que algún día recibieron una carta de amor. Pero al releerlas con los ojos de hoy parece la vida de otra persona. No me reconozco en sus textos. Algunas hubiera jurado que nunca las recibí. Otras me cuentan cosas que ni siquiera creía haber olvidado. Hay incluso unas en las que ni siquiera conozco a la autora a pesar de que cuenta cosas preciosas. ¡Maldita memoria traidora!


El puzzle recompuesto tras horas de lectura me traslada a otro personaje que no conozco. A la vez romántico y frío, algo poeta, cariñoso y al tiempo desalmado, capaz de hacer reír y de enamorar, pero también de hacer sufrir y de olvidar sin más. Ése que, según parece, fui yo hace tiempo.

Termino de leer y me entran ganas de llorar. Por lo que cuentan que hice, por lo que dejé atrás sin motivo ni remordimiento, por lo que olvidé y perdí en este camino que es la vida. Escribo, incluso, un correo de disculpa a la que un día fue fiel amiga y luegó dejé en la cuneta sin más explicaciones. Porque no entiendo a ese joven que se supone que fui un día, no le conozco, no le recuerdo...
Y ahora, en el tiempo de un adiós sin despedida, cuando paseo bajo la lluvia sin paraguas, cuando avanzo intentando no mirar nunca hacia atrás, cuando parece que es demasiado tarde para casi todo, cuando construyo un nuevo hogar a partir de una caja vacía, cuando celebro la fiesta de Año Nuevo en junio, esa caja de zapatos con cien cartas me rompe el alma que creía rota. Otra vez.

Ahora que...

Ahora que la vida se ha convertido en una caja vacía. Ahora que la nada sustituye al todo. Ahora que nadie llora al ver por primera vez el final de qué bello es vivir. Ahora que aprendo cuando ya es demasiado tarde. Ahora que nadie copia el capítulo final de el principito. Ahora que hay que reconstruir los sueños desde cero. Ahora que lugares extraños se convierten en hogar. Ahora que la risa de una niña me ilumina el día. Ahora que los días vuelan. Ahora que el pasado siempre vuelve. Ahora que la vida me asalta desde cien cartas ocultas en una caja de zapatos. Ahora que todo parece una broma pesada. Ahora que la fe no es una opción. Ahora que las palabras fluyen donde vivía el silencio. Ahora que una cerveza compartida es la mejor recompensa. Ahora que escribir vuelve a ser necesidad. Ahora que descubro cómo vivir sin mañana. Ahora

Una crisis de verdad...

En estos tiempos extraños se habla mucho de la crisis que vivimos. Es una crisis económica, pero también moral y de valores; dicen, una crisis que nos cambiará para siempre; un momento a partir del cual nada volverá a ser lo mismo, escucho a menudo. Se dice, incluso, que el fin del mundo está cerca.

Pero si uno echa la vista atrás pronto descubre que esto no es más que una mota de polvo en nuestra historia. Que crisis, de las de verdad, las ha superado el ser humano, y lo ha hecho gracias a la comunicación –a la de verdad- y la cooperación, dos valores que hoy brillan por su ausencia.

Viene esto a cuenta por una historia que leí el otro día, una teoría evolutiva basada en evidencias científicas y presentada hace unos años por un profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Illinois, Stanley H. Ambrose. Según contaba Ambrose, para conocer una auténtica crisis del ser humano hay que remontarse 75.000 años atrás, cuando se produjo lo que se conoce como "cuello de botella de población".


Fue entonces cuando bramó un auténtico supervolcán, que convierte en apenas una broma aquello del volcán islandés que tanto nos marcó no hace mucho. Fue en la isla de Sumatra, y ese supervolcán explotó con una fuerza que no somos capaces de imaginar. Tanto que dejó como herencia el lago Toba, de 100 kilómetros de largo y 30 kilómetros de ancho. Fue una explosión que debió durar en torno a dos semanas sin descanso, y que cambió el mundo para siempre.

Evidentemente, pocas plantas y animales indonesios sobrevivieron a este hecho… pero la erupción fue mucho más allá, y se han hallado rastros de ella a miles de kilómetros del lugar. Este supervolcán lanzó al aire tal cantidad de ceniza que provocó un invierno de más de 6 años, cambiando el orden natural que existía en aquel momento. Muchas especies desaparecieron de la faz de la tierra… y el hombre estuvo a punto de seguir ese camino.


Según rastros hallados en el ADN, apenas quedaron entre 1.000 y 2.000 seres humanos, todos concentrados en algún punto de África, y sólo sobrevivieron gracias a su capacidad de cooperar y de comunicarse, de trabajar en equipo al fin y al cabo. Cuando pasó lo peor y pudieron volver a ver el cielo, comenzaron a extenderse por otras zonas, y de esos pocos descendemos todos hoy.

Eso sí que fue un cambio climático a escala planetaria. Aquello sí que fue una crisis. Así que quizás deberíamos pensar un poco más y ser conscientes de que no somos más que un grano de arena en la playa de la evolución. Y es posible que un día desaparezcamos, sí, y a nadie le importará demasiado. Porque la vida seguirá sin nosotros.

Un día cualquiera

Un día cualquiera miras atrás y descubres que Gianrico Carofiglio tenía razón, que el pasado se ha convertido en un país extranjero en el que ni siquiera eres capaz de reconocerte a ti mismo. Un tiempo en el que hablabas en otro idioma, un lugar del que apenas recuerdas detalles deslavazados y manipulados por tu propio cerebro, un espacio al que no deberías tratar de volver si un día fuiste feliz.

Y es que ese día cualquiera puede ser que descubras que has cruzado una línea que no creías que ni siquiera estuviese pintada; puede ser, incluso, que encuentres sobre el suelo el boceto de un fracaso llamándote a gritos. Son tiempos de cambio, de dolor, de sueños sin cumplir y de esperanzas que hay que renovar, te dice el nuevo mapa vital que te acompañará a partir de ahora. Miras atrás buscando un rastro de esperanza… pero sólo encuentras el vacío, que te sigue los pasos sin dejarte respirar, como riéndose de ti.

Un día cualquiera te das cuenta de que ya no eres tú, de que eres otro. El futuro no ha llegado, el pasado ni siquiera existe… ¿qué te queda? Un presente incierto en el que luchas por respirar cada mañana entre los escombros que te rodean, imposibles de reconstruir. Sólo por respirar. Con eso es bastante.

Un día cualquiera decides callar para no herir, mirar hacia otro lado buscando una respuesta que nunca llega. Es ese día en que te parece que todas las canciones hablan de ti.

Un día cualquiera.